Después del tacto, el oído es el sentido que antes empieza a funcionar. Su desarrollo comienza ya durante las primeras semanas de gestación para terminar hacia el quinto mes del embarazo y, por raro que pueda parecer, no tiene lugar en la cara (al menos una parte del oído), sino en unas protuberancias situadas bajo su rudimentaria cabecita y que se denominan arcos branquiales.
Fundamental para el equilibrio. A los 20 días, cuando tan sólo es un embrión y no mide más de 5 mm, una parte del ectodermo (la capa de células más superficial) crece hasta el interior a ambos lados de la cabeza dando lugar a las vesículas óticas. Estas vesículas serán las precursoras de todos los elementos del oído interno. Hacia la sexta semana de gestación aparecen los esbozos del conducto auditivo externo y de los pabellones auriculares. En ese momento, las orejas se localizan a ambos lados del cuello. Durante su formación, los pabellones auditivos se desplazan, poco a poco, desde la base del cuello hasta su sitio normal, a ambos lados de la cabeza. A las 18 semanas sus orejas tienen una apariencia normal y desde el final del sexto mes, el oído ya está en su sitio y completamente formado.
Oye, pero distorsionado. El oído interno está totalmente desarrollado a partir de la mitad del embarazo, y puede percibir con nitidez los sonidos de ese medio tan sonoro: el corazón de su madre, ruidos intestinales, la circulación de cordón umbilical…. Al final del sexto mes de embarazo, el feto es sensible a los sonidos externos y lo manifiesta físicamente: se sobresalta con los portazos, se agita o se calma según la música que escuchen sus padres, puede oír sus voces… aunque todo de una forma distorsionada, ya que el sonido debe atravesar el medio acuoso donde se encuentra.